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Los
rasgos que perfilan las características sensoriales
de los aceites vírgenes -fragancia, dulzor, regusto
almendrado, sabor a manzanas, afrutamento, frescura, etc.-
revelan la complejidad de sensaciones olfativas y
gustativas.
La familia de los olivos, la composición del suelo
en el que crecen, la orografía del terreno en el
que se asientan, las circunstancias en las que han madurado
las aceitunas, el cuidado con el que se ha realizado su
recolección y molienda, incluida la climatología
de cada campaña, influyen en el nivel de unos parámetros
gustativos siempre cambiantes.
Los
matices que perfilan las singularidades de los aceites
vírgenes dependen, entre otros muchos factores,
del punto de maduración de los frutos en el momento
de su recolección.
El
color y el aroma revelan, en una primera toma de
contacto,
la mayoría de sus secretos.
Su
escala cromática se dispersa en un amplio abanico
de transparencias revelando anticipadamente sus rasgos
gustativos. Los reflejos oscuro-verdosos -característicos
de los líquidos afrutados y tiernamente amargos-
corresponden a aceitunas que aún no han completado
su proceso de maduración, mientras que los destellos
amarillo-dorados pertenecen a aceites dulces obtenidos
de frutos de cosecha tardía.
Comúnmente,
los rasgos gustativos de un aceite y su escala de transparencias
cromáticas no guardan relación con su
nivel de ácido oleico contenido en peróxidos,
K-270, etc. datos que sólo definen un conjunto
de variables analíticas pero no sensoriales.
Al finalizar los procesos extractivos en las prensas
o molinos, tan sólo los aceites vírgenes
(zumo puro de oliva, sin mezclar ni refinar) que poseen
un contenido en ácido oleico inferior al 1,5°
(finos) se destinan al consumo inmediato; dentro de
éstos, aquellos que no rebasan 1° ("extras")
se consideran los más selectos: el oro
líquido mencionado por Homero. Los que
presentan una graduación comprendida entre 1,5°
y 3° ("corrientes" o "semifinos"),
e incluso los que superan este porcentaje ("lampantes"),
se refinan mediante procedimientos físicos con
objeto de que queden aptos para su comercialización
posterior. El buen gourmet descubre inmediatamente su
redondez y perfume. En base a criterios rigurosos puede
afirmarse que no existen razones para que un aceite
de mesa presente otros sabores que los emanados de las
aceitunas de las que procede. La ciencia de la cata
se ajusta a una sencilla técnica. Suele afirmarse
que para realizar una buena degustación de aceite
de oliva es suficiente llevarse a la boca una cucharada
sopera, masticándolo lentamente durante unos
minutos, de modo que todas las zonas sensibles de la
lengua resulten impregnadas, rechazando mediante una
aspiración lenta los vapores emitidos hacia la
nariz.
Saber
apreciar los valores de cata y los matices que definen
un buen aceite es paso previo para penetrar en los secretos
de lo que constituye un ejercicio gastronómico
apasionante: el único camino para lograr la mejor
y más adecuada aplicación culinaria a
sus posibilidades.
Un
aceite incorrectamente elaborado, descubre en el paladar
imperfecciones de distinta consideración que
perturban sus cualidades originarias y que pueden llegar
a modificar su delicada distinción. Del mismo
modo que en las mesas más refinadas se selecciona
rigurosamente una clase de vino para acompañar
cada plato, los mejores cocineros actuales tienden a
utilizar un tipo de aceite de oliva para cada elaboración
culinaria. En este campo, como en cualquier otro asunto
relacionado con el paladar, no existen normas fijas,
sino pautas extraídas de la experiencia que cada
cocinero, personalmente, eleva al rango de disciplina
propia.
La
experiencia y sabiduría ancestral en la manera
de utilizar el aceite de oliva explica la suculencia
de la cocina mediterránea, en la que las posibilidades
de jugar con los sabores de distintos aceites se antojan
inabarcables.
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