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El
aceite de oliva, típico de una dieta equilibrada, está muy extendido a lo
largo de los países mediterráneos. Es ciertamente la grasa más usada, pero es
conocido en todo caso y usado por todas partes. Sin embargo, circulan muchas
leyendas erróneas acerca de él, que merece la pena desmentir por una vez más.
Veamos las más extendidas.
FALSO
El
aceite de oliva contiene más grasas que el aceite de semillas.
Es
un estúpido prejuicio. En realidad, todo los aceites contienen la misma
cantidad de grasa (99%) y aportan 9 kilocalorías por gramo. Por lo tanto, el
aceite de oliva no hace engordar más que el aceite de semillas; al revés, ya
que al ser más sabroso y viscoso, se puede usar en menor cantidad.
FALSO
El
aceite de oliva es más pesado y menos digerible que los demás aceites.
Al
contrario, el aceite de oliva es el más digerible de todos; por ello es también
apto en la dieta de niños y ancianos. El prejuicio negativo probablemente
deriva del hecho que el aceite de oliva es muy aromático y por esto el sabor se
retiene con más intensidad. El aceite de semillas es más claro pero, no por
ello más digestible.
FALSO
El
aceite de semillas es más apto para freír.
Freír
con aceite de oliva es ciertamente más caro, pero más sano; el aceite de oliva
resiste, en efecto, mucho mejor las altas temperaturas. La publicidad insiste
mucho acerca de que los aceites de semillas garantizan fritos ligeros, pero esta
afirmación no tiene base alguna. De entre los aceites de semillas, el más apto
para freír es el de cacahuete.
FALSO
Todas
las grasas de origen vegetal son igualmente beneficiosas.
Hay
cierta tendencia a creer que todas las grasas de origen vegetal son insaturadas
mientras las de origen animal son saturadas. No es así. Las grasas que son
provechosas para el organismo y que reducen los peligrosos niveles de colesterol
en sangre, son las monoinsaturadas como el oleico que contiene el aceite de
oliva. No sucede lo mismo con las poliinsaturadas -derivadas de otras semillas
de plantas- que aumentan este peligro y, con ello, todos los riesgos
circulatorios y coronarios que esto conlleva: infartos de miocardio, disminución
de la presión arterial y una mayor dilatación de los vasos sanguíneos.
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