Aceite de Oliva en la Época Romana: la Bética y el Guadalquivir

La historia del aceite de oliva en la época romana no puede entenderse sin mirar hacia el sur de Hispania. La antigua provincia romana de la Bética, atravesada por el río Betis —el actual Guadalquivir—, fue uno de los grandes centros productores y exportadores de aceite de oliva del Imperio romano, hasta el punto de abastecer durante siglos a la propia ciudad de Roma.

Hacia mediados del siglo I a.C. nació en Asia Menor Estrabón, geógrafo griego y uno de los grandes cronistas del mundo antiguo. En su Geographiká dejó la primera gran descripción de Iberia y, en particular, del sur peninsular.

Al referirse a la Bética, Estrabón la describe como una de las regiones más ricas de la oikoumene (el mundo conocido), destacando tanto sus recursos terrestres como marítimos. Señala que esta región, regada por el río Baitis, debía su nombre al propio río y al pueblo que la habitaba, los turdetanos.

Más adelante, el autor subraya la fertilidad excepcional del territorio:

“Las orillas del Baitis son las más pobladas; el río puede remontarse navegando desde el mar hasta Kordyba (Córdoba)… La región presenta arboleda y plantaciones de todas clases admirablemente cuidadas… La Tourdetania es maravillosamente fértil”.

Cuando Estrabón enumera los productos que se exportaban desde la Bética, recurre a la tríada mediterránea: trigo, vino y aceite. Y sobre este último es especialmente claro:

“De Tourdetania se exporta trigo, mucho vino y aceite; éste, además, no sólo en cantidad sino de calidad insuperable”.

Estas palabras permiten afirmar que ya en el siglo I a.C. el aceite andaluz se exportaba de forma regular a otras regiones del Mediterráneo.

Un siglo más tarde, Plinio el Viejo, en su Naturalis Historia, reforzó esta visión elogiosa de la Bética. Según él:

“En la Bética no hay mayor árbol que el olivo… La Bética recoge las más ricas cosechas de sus olivos”.

Plinio situó a Hispania inmediatamente después de Italia entre las grandes tierras productoras del Imperio, destacando su abundancia en cereales, vino y aceite. Sus palabras forman parte de la llamada Laudes Hispaniae, los elogios clásicos a la riqueza de España.

Entre los años 60 y 65 d.C., el aceite de la Bética comenzó a ocupar un papel clave en el abastecimiento de la actual Italia, que ya mostraba signos de déficit. A lo largo del siglo I d.C. la exportación fue en aumento y alcanzó su máximo esplendor entre los años 140 y 160 d.C., durante la primera mitad del siglo II.

Este período supuso la primera edad de oro de la olivicultura bética, con un fuerte desarrollo de plantaciones en las áreas próximas al Guadalquivir, auténtico eje del sistema comercial.

Tres factores explican este éxito:

  • Un río navegable con salida al mar.
  • Un suelo y clima ideales para el cultivo del olivo.
  • Abundancia de arcillas para fabricar ánforas cerámicas.

Entre Córdoba y Sevilla se desarrolló un complejo sistema de producción, envasado, transporte y exportación del aceite de oliva. Las ánforas olearias, envases sin retorno, se fabricaban en hornos (figlinae) situados cerca del río o junto a los portus (puertos fluviales).

Las investigaciones arqueológicas han localizado alrededor de 60 hornos en la margen izquierda del Guadalquivir, frente a solo 14 en la derecha, lo que demuestra dónde se concentraba la producción.

Destacan enclaves como Moratalla, El Bramadero, El Temple o Palma del Río, uno de los portus más importantes, situado en la confluencia del Genil y el Guadalquivir.

Desde estos puertos, los navicularii transportaban el aceite en embarcaciones de poco calado hasta Sevilla, donde se cargaba en naves mayores con destino al Mediterráneo y, desde allí, a todo el Imperio.

La importancia del Guadalquivir fue tal que Roma designó un funcionario específico, el Procurator Baetis, encargado de supervisar la navegación del río.

Durante la recolección, el valle del Guadalquivir se convertía en un hervidero de actividad: barcos subiendo y bajando el río, columnas de humo de los talleres cerámicos, carretas transportando aceitunas y esclavos trabajando en las villae bajo la dirección de capataces.

Los restos de las ánforas usadas acabaron formando en Roma el Monte Testaccio, un montículo artificial compuesto en un 90 % por ánforas procedentes de la Bética, prueba irrefutable del volumen de aceite importado.

Los romanos distinguían claramente los aceites según su calidad. Columela, en De re rustica, diferenciaba entre:

  • Oleum aestivum o acerbum: de sabor áspero.
  • Oleum viride: obtenido de aceitunas en envero, el más apreciado.
  • Oleum maturum: aceite ordinario de aceitunas maduras.

Además, se clasificaban según el proceso de elaboración, destacando el oleum flos, la “flor del aceite”, obtenido sin presión o con una primera prensada.

El Edicto de Precios de Diocleciano fijó precios distintos según la calidad, con una diferencia de hasta cinco veces entre los mejores aceites tempranos y los más comunes.

El aceite de Hispania y, en particular, el de la Bética fue elogiado por numerosos autores clásicos. Plinio afirmaba que solo Italia superaba a la Bética en calidad, mientras que Marcial llegó a afirmar que el aceite de Córdoba era superior al famoso aceite de Venafro.

Marcial dejó una de las imágenes más bellas del Betis y sus olivares, describiendo al Guadalquivir como un río coronado de olivos, por cuyas aguas viajaba el “oro líquido” que dio fama y riqueza a la Bética romana.

Atentamente,

El equipo de aceitedeoliva.com

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