Las lluvias registradas en distintos puntos de España durante los últimos días traen un alivio esperado tras meses de sequía, pero también un nuevo desafío para el olivar. El aumento repentino de la humedad ambiental y del suelo crea las condiciones ideales para la aparición de enfermedades fúngicas como el repilo, el repilo plomizo o la antracnosis, patologías que pueden comprometer tanto la cosecha como la calidad final del aceite de oliva virgen extra.
Desde el punto de vista agronómico, los especialistas del IFAPA y de la Junta de Andalucía recomiendan mantener una vigilancia fitosanitaria activa en estas semanas, especialmente en olivares tradicionales y en zonas donde la ventilación del arbolado es limitada. Las esporas de hongos, que permanecen latentes en hojas y ramas durante los meses secos, encuentran ahora un entorno favorable para desarrollarse rápidamente con la humedad y las temperaturas suaves del otoño.
Además del riesgo sanitario, estas precipitaciones pueden influir en la maduración del fruto y el rendimiento graso, afectando a la concentración de compuestos fenólicos y, por tanto, a la calidad sensorial del aceite obtenido. Las lluvias otoñales, cuando llegan en plena precosecha, requieren una gestión agronómica precisa para evitar retrasos en la recolección, daños por viento o una caída prematura del fruto.
En este artículo analizamos cómo estas lluvias pueden afectar a la producción y calidad del aceite de oliva en España, qué riesgos deben vigilar los productores y qué medidas preventivas se recomiendan para proteger el fruto y garantizar una campaña segura y de calidad.
REPILO
El repilo del olivo, causado por el hongo Fusicladium oleagineum (anteriormente conocido como Spilocaea oleagina), es una de las enfermedades más extendidas y económicamente importantes del olivar en España y en todo el ámbito mediterráneo. Su incidencia aumenta notablemente en periodos lluviosos y de alta humedad relativa, especialmente cuando las temperaturas oscilan entre 10 y 20 °C, condiciones que favorecen la germinación de las esporas y la infección del tejido vegetal.
Síntomas y detección temprana
Los síntomas iniciales se manifiestan en las hojas como manchas circulares oscuras, de tonalidad verde negruzca, que posteriormente se tornan marrones. En fases más avanzadas, la hoja infectada amarillea y cae prematuramente, provocando defoliación. En casos graves, el árbol puede quedar parcialmente desprovisto de hojas, reduciendo su capacidad fotosintética y afectando tanto a la floración como a la formación del fruto en la campaña siguiente.
Un signo característico es el llamado “repilo plomizo”, en el que las hojas muestran un aspecto grisáceo y mate debido a la presencia del hongo Cercospora cladosporioides. Aunque ambos tipos de repilo pueden coexistir, el Fusicladium oleagineum es el más habitual y el que mayor impacto tiene sobre la productividad.
Ciclo biológico y factores de riesgo
El hongo se desarrolla principalmente en el envés de las hojas, donde produce conidios (esporas asexuales) que se diseminan con la lluvia y el viento. Estas esporas pueden permanecer latentes durante el verano y activarse en cuanto se restablecen condiciones de humedad. Por ello, los periodos de lluvia otoñal, especialmente tras episodios prolongados de sequía, son momentos críticos para el inicio de nuevas infecciones.
Los olivares densos, mal aireados o ubicados en zonas de umbría son más propensos a la enfermedad, así como aquellos donde la poda no ha favorecido una correcta ventilación interna del árbol.
Consecuencias agronómicas
El repilo afecta de forma directa al rendimiento del olivar, no solo por la pérdida de hojas y la consiguiente reducción del área fotosintética, sino también por la disminución del número y tamaño de los frutos. A largo plazo, un olivar con infecciones recurrentes muestra un descenso progresivo de la producción y un debilitamiento general de los árboles.
Además, la caída prematura de hojas y aceitunas puede dificultar la recolección mecanizada y alterar los calendarios previstos, especialmente en campañas destinadas a aceites de alta gama, donde la homogeneidad y el estado sanitario del fruto son determinantes para la calidad final.
Prevención y control
El manejo eficaz del repilo se basa en tres pilares fundamentales: prevención, monitoreo y tratamiento.
En primer lugar, se recomienda una poda equilibrada que mejore la aireación del interior del árbol y reduzca la permanencia de humedad.
En segundo lugar, es esencial realizar observaciones visuales periódicas tras episodios de lluvia o niebla, identificando síntomas tempranos para intervenir a tiempo.
Finalmente, los tratamientos fitosanitarios con productos cúpricos o con fungicidas autorizados de contacto o sistémicos deben aplicarse en momentos estratégicos, preferentemente antes de lluvias persistentes o tras los primeros indicios de infección.
El uso de herramientas de predicción meteorológica y modelos de riesgo (como los desarrollados por el IFAPA o el MAPA) puede ayudar a determinar las fechas óptimas de aplicación, minimizando el impacto ambiental y económico.
Además de las enfermedades fúngicas hay otros riesgos asociados a la lluvia:
Dilución de la concentración de aceite
Si la lluvia es tardía y abundante, puede incrementar el contenido de agua en el fruto, lo que reduce el ratio kg aceite/kg aceituna (rendimiento graso) y puede afectar negativamente la concentración de compuestos fenólicos. Un medio con mayor humedad favorece menor densidad del fruto y menor aceite por kilogramo.
Retraso en la recolección y menor calidad de aceite
Tanto que no llueva antes de la recolección como que llueva mucho cuando hay que recolectar afecta de forma diferente.
Una semana lluviosa puede alterar el calendario de recolección previsto. En campañas de producción premium cada día cuenta para mantener el perfil de fruta sana y evitar fermentaciones o defectos de calidad. Las lluvias pueden retrasar la entrada de maquinaria o dificultar el acceso a campos, lo que exige una planificación logística más exigente.
Aunque por desgracia en la mayoría de regiones de Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha el problema ha sido el contrario, la falta de lluvia previa, que en muchos lugares ha hecho que la cosecha haya sufrido pérdidas importantes en cuanto a los rendimientos previstos. Además, en muchos lugares cercanos al mar Mediterráneo sigue sin llover suficiente, siendo lluvias ligeras y cortas que solamente mojan la copa de los olivos y los primeros centímetros del suelo. Esta lluvia no alivia en gran medida el gran estrés hídrico